Un párroco que huele a modernista y falto de caridad

En la parroquia de Santa María de la Esperanza, ubicada en el Colegio Valdeluz de Madrid, regida por el Rvdo. P. D. Jesús Martín Palacios, huele a modernismo y a falta de caridad; ambas suelen venir de la mano…

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Rvdo. P. D. Jesús Martín Palacios

En la parroquia de Santa María de la Esperanza, ubicada en el Colegio Valdeluz de Madrid, regida por el Rvdo. P. D. Jesús Martín Palacios, huele a modernismo y a falta de caridad; tanto el uno como la otra suelen venir de la mano.

 

Ya denunciamos la existencia en ella de un sacerdote que no cree en la confesión individual, dicho por él mismo y que ni él ni nadie ha rebatido ni negado, es decir, que niega el sacramento de la Confesión. La cosa ya es bastante mala en sí, pues tal sacerdote, desde que dejó de creer en tal sacramento, y sólo él sabe cuándo fue, se situó fuera de la Iglesia; aunque la parte humana de ella no lo supiera, la divina, es decir, Nuestro Señor, sí lo supo entonces, ahora y siempre. A Él nadie le engaña.

 

Pero el asunto se complica, enrarece y desmelena, cuando el párroco citado, al que se acude en petición de amparo, no sólo nada hace, sino que disculpa al ínclito sacerdote.

 

Y es que por ello huele a modernismo, porque excusar a tal persona con la palabrita de que lo suyo es “una actitud” es querer ocultar la verdad y disculpar el error; es querer dar gato por liebre; es tergiversar el Evangelio sin querer que lo parezca; es hacer gala de ese vicio del sentimentalismo que hoy invade a una mayoría de católicos; es pretender que Nuestro Señor vino a excusarnos, y no a acusarnos de estar en pecado y que por ello deváimos convertirnos para salvarnos; es practicar ese buenismo que todo lo emponzoña aunque no lo parezca; es confundir a las almas ingenuas o ignorante; es hacer propaganda de esa maldita frase de que todo es posible en la Iglesia, vamos, como en democracia… sin violencia, eso sí; es, en definitiva, puro y duro modernismo con el cual tantos han tergiversado, manipulado y reescrito a su gusto el Evangelio, las propias palabras de Nuestro Señor, que ni se las reconoce aunque no lo parezca, que es lo que quieren los modernistas.

 

La confesión es siempre individual, la colectiva no existe como tal, lo que existe es la absolución colectiva pero sólo en casos de muy probable muerte de un grupo de personas y además condicionada a que si no se produjera hay que confesarse individualmente, por supuesto. Por eso es modernismo esa tan prodigada ahora misericordia porque sí, sin necesidad de confesión; por eso de que todos nos salvamos porque el Padre es tan bueno que a nadie condenará; por eso predicar en los funerales que el finado ya está en el cielo porque era muy amable con todos, etc., etc.; todo eso y mucho más es el modernismo práctico que los modernistas, siempre emboscados, llevan décadas predicando, ha calado y… arrojando almas al infierno a troche y moche. El modernismo, por su insidia y muy perfecta piel de cordero, es la herejía de las herejías, el compendio de todas las habidas hasta ahora, es de una eficacia demoledora inimaginable, es una aberración con buena imagen que se cuela hasta por los poros de la piel de los incautos e ignorantes, sobre todo cuando el que llama a la puerta como vendedor es un sacerdote.

 

La pobre defensa o solidaridad mal entendida que de ambos sacerdotes hemos contemplado en los comentarios que hemos recibido, dan fe de lo que decimos, es decir, de que en esa parroquia huele a modernismo que da pena.

 

Pero es que además la postura del párroco adolece de una inmensa falta de caridad hacia el prójimo; algo muy propio de los modernistas. Cuando al párroco se le denuncia lo tan grave aquí denunciado, si es que no lo sabía ya, debería, por caridad hacia el interfecto, ponerse manos a la obra para comprobar la veracidad de todo ello –el sabe muy bien quién fue a verle , qué le dijo y qué le contestó él–; debería, por caridad, dolerse de que un sacerdote esté en estado de grave pecado, de que su alma corra gravísimo peligro; por caridad, debería amonestarle y animarle a reflexionar, rezar, repasar la doctrina, arrepentirse, confesarse –individualmente, claro– y abandonar tal herejía como es la de negar un sacramento; por caridad, el párroco, de no proceder así dicha persona, debería poner el asunto urgentemente en conocimiento del vicario de zona; por caridad, ambos, deberían volver a incitar al pecador a arrepentirse; y por caridad, de no hacerlo, denunciarle ante el obispo quien debería proceder de igual forma, también por caridad. Y todos ellos, por caridad, deberían antes de nada, desde el primer momento, apartar a tal clérigo desvariado de su contacto con los fieles, porque, por caridad, hacia éstos, los sacerdotes sanos, si es que los son, no deberían dejarle pastorearlos y conducirlos al precipicio.

 

Por último, aunque el hábito no hace al monje, no cabe la menor duda de que le ayuda mucho. Un cura que va de paisano es un cura cobarde, que no se ha despegado del todo del mundo, que se camufla para que no le reconozcan, que pierde la más sencilla y muy eficaz forma de dar testimonio y de predicar el Evangelio como es, simplemente, mostrar al mundo cada día su condición. Al tiempo, está demostrado que la mayoría de los creyentes y de los no creyentes cuando ven a un cura, y lo ven porque viste de tal, se cortan un mucho. La sotana o el traje son al tiempo una bandera hacia el mundo y un chaleco protector para el que así viste. Para un cura nada más alegre ni más orgullo, bien entendido, que mostrarse al mundo como lo que es: el ser humano más precioso y más digno que existe porque es un elegido específicamente por Cristo. Vestir de cura, siéndolo, es una obligación para con Él que no se escondió nunca. Un cura que no viste de tal pierde dignidad y no infunde el respeto del que sí viste como lo que es. Qué pena da ver a esos curas y monjas de paisano pretendiendo no ser lo que son.

 

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7 thoughts on “Un párroco que huele a modernista y falto de caridad”

  1. No reiteraré todos los comentarios que ya hice respecto del otro post que mencionaba a esta parroquia y a sus sacerdotes. Sólo insistiré en tres ideas breves:

    1. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados (Lucas 6, 37). Parece que esta publicación no comparte esta idea.
    2. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros (Juan, 13,34). No tengo claro que sea el amor lo que guíe esta crítica; sí tengo claro que el amor guía el día a día del equipo sacerdotal de la parroquia. Siguiendo una oración del propio San Agustín, “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.
    3. La verdad absoluta es cosa solo de Dios, desde la humildad, me parece muy atrevido ser tan taxativo cuando se juzga cómo los demás son instrumento de Dios…

    Gracias nuevamente a todo el equipo sacerdotal por sacerdotal por acercarnos a Jesús cada día no sólo de palabra, sino con su ejemplo.

  2. Buenas tardes

    Despues de leer estas lineas, me da tristeza leer estos articulos de gente que tiene las mismas creencias religiosas que yo.

    No mas lejos de la realidad, Cristo no sigue las reglas sino que nos enseña que el único mandamiento a seguir es el mandamiento del amor hacia Diós y hacia el prójimo.

    Leyendo las sagradas escrituras, no mas lejos del domingo pasado, dia 5/11, el Evangelio Mt 23, 1-12: Hipocresía de los fariseos, veo como Jesus nos enseña que es muy facil criticar a los demas y no hacer una autocrítica, es mas facil hacer una crítica destructiva que una crítica constructiva.

    No seamos como los fariseos, que solo se preocupaban por cumplir las normas.
    Seamos evangelizadores, que nuestra vida gire en torno a seguir las enseñanzas de Jesus y predicar su palabra en este mundo.

    Un saludo

  3. Empecinados, emponzoñados, no se si a su gusto o solo por culpa de esos pastores que solo lo son de pinta, siendo guías de ciegos que conducen al rebaño al precipicio eterno.
    Por caridad, y porque tienen su alma objetivamente en pecado, deber deberían colgar las pieles de cordero y dedicarse a animadores socioculturales, o sea, a políticos. Les iría mejor en esta tierra y en la otra vida, pues no llevarían el saco lleno de malas obras (o no tan lleno como ahora).
    Si alguna vez en sus homilías, largas, huecas, comentaran los pasajes de este tiempo antes del adviento, con sus mensajes de advertencia de los que se nos viene encima, otro gallo les cantara.

    1. Los malos pastores y Malaquías
      Malaquías 1, 14-2, 2b. 8-10. Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley
      Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley.

      ¿Les suena?

  4. Soy la madre de la joven que se acercó a la parroquia del Valdeluz con la sana intención de confesarse, le he pedido a mi hija un relato más exhaustivo de los hechos y de cómo se sintió.
    Os lo transcribo.
    “El pasado domingo 22 de Octubre, fui a confesarme a la parroquia Santa María de la Esperanza. Es una parroquia llevada por los Agustinos en la que tienen confesiones media hora antes de la misa. Los domingos una de las misas es a las 14.00, y acudí a las 13.30 a la capilla con intención de confesarme. Estuve un rato esperando y no había ningún sacerdote así que a las 13.50 entré en la sacristía a preguntar. Cuando entré había sólo una señora, le pregunté si sabía si iba a haber confesiones y no me supo responder, cuando de repente entró un señor que, como iba vestido de laico, no sabía que era sacerdote. La señora, al verle, me dijo:
    – ¡Mira, aquí está el padre Ángel, te dejo con él y le preguntas, que es muy bueno!
    El Padre Ángel me preguntó qué necesitaba. Le dije que llevaba un rato esperando y que si iba a haber confesiones y me dijo:
    – ¿No hay nadie?
    Yo le dije que no, y me contestó que entonces él no sabía. Yo me quedé mirándole, mientras pensaba que debería de ponerse él… y de repente me dijo:
    – ¿Sabes lo que es el Yo confieso? Es algo maravilloso, rézalo que con eso te sirve.
    Le contesté que sabía perfectamente lo que era el Yo Confieso pero que evidentemente, aun así, tenía que confesarme, pues si había un sacramento para ello sería por algo. Entonces me dijo:
    – Yo no creo en la confesión individual. ¿A quién vas a pedir perdón a mí o a Dios?
    Impactada por lo que me acababa de decir (pues suele una pregunta que te hace gente atea o gente que no entiende la religión católica) le dije que a Dios pero a través de un sacerdote, en este caso él. Rápidamente me interrumpió y me dijo:
    – ¿Tú quieres ser mejor persona? ¿Quieres mejorar no?
    Le dije que sí y me dijo:
    – Para que te quedes tranquila: “Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Tus pecados te son perdonados. Vete en paz”.
    Sin poder creerme lo que me acababa de pasar me fui. Evidentemente, sabía que esa “confesión” no era válida y esa misma tarde me confesé en otra parroquia.
    Me parece que lo que hizo ese sacerdote es terrible y, no sé si habrá hecho lo mismo con otras personas pero eso confunde a la gente. Conozco a gente a la que estoy segura que si le dicen eso no se vuelve a confesar nunca. Pienso que puede tener una repercusión enorme que un sacerdote vaya diciendo eso. Además, en ese mismo momento, no pude evitar pensar en que, si ha dicho eso a otras muchas personas que no se han vuelto confesar a lo mejor, sin estar en gracia, se han acercado a comulgar ¡la cantidad de sacrilegios que puede haber! Creo que es un tema muy delicado y no se puede quedar así.
    Rápidamente le conté lo sucedido a un seminarista de mi parroquia y a un sacerdote que hasta el curso pasado estaba también en mi parroquia. Ambos me dijeron que era grave y que tenía que ir a decírselo al párroco.
    Esa semana, en cuanto pude, fui con mi madre a hablar con el párroco, el Padre Jesús.”

    Hasta aquí el relato de mi hija, ahora el mío.

    Fuimos a ver al párroco el jueves, yo sabía que no iba a resolver el problema, pero era nuestra obligación. El padre Jesús nos pidió disculpas muy amablemente y nos dijo que era una actitud. Ante un acontecimiento tan grave como es que un sacerdote no crea en un sacramento, haga proselitismo de ello y reparta absoluciones como si fueran caramelos, eso fue todo. Volvimos peor que fuimos. Yo me lo esperaba, pero mi hija de 20 años, universitaria, que aguanta sin problemas las burlas de los jóvenes que no creen en Dios y se ríen de los que van a misa y se confiesan, era la primera vez que experimentaba la burla dentro de la iglesia. ¡Ese dolor sí que es grande!
    Como madre intento transmitir a mis hijos la fe, la que me transmitieron mis padres y a ellos sus padres y así sucesivamente hasta llegar a los apóstoles que la recibieron de Cristo. Hay cosas que no entiendo, en la mente humana no cabe la sabiduría de Dios, pero otras sí. Cuando miro un crucifijo, sobre todo veo al amor más grande, al Amor de los Amores que es Jesús, pero también veo mis pecados, esto me ayuda a entender el HORROR DEL PECADO, y la gran misericordia de Dios que nos dio el sacramento de la confesión para perdonarnos y acercarnos a Él, ¿cómo un sacerdote puede negarlo?
    Un amigo sacerdote me comentó una vez que notaba en muchas ocasiones cómo el Espíritu Santo actuaba a través de él cuando estaba confesando. Benditos sean los sacerdotes que tienen fe en los Sacramentos.

    Por último, me entristece mucho que digan los parroquianos que son muy buenos y cabe todo el mundo en su parroquia, sinceramente, donde no se defienden los sacramentos yo sufro mucho y siento que no quepo.

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